sábado, 6 de enero de 2018

The clockwork universe: Newton y el nacimiento de la ciencia moderna.



The clockwork universe es un libro de historia de la ciencia de Eduard Dolnick, un escritor americano que trabajó como periodista especializado en temas científicos en el Boston Globe. Su libro más conocido, The Rescue Artist: A True Story of Art, Thieves, and the Hunt for a Missing Masterpiece (2005), narraba el robo y la recuperación del cuadro “El grito”, de Munch.

En esta ocasión, Dolnick nos traslada a la Inglaterra de comienzos del Sg XVII. Londres vive un momento de expansión comercial, pero sus calles son ruidosas y caóticas. Existe una gran inseguridad, la gente vive en un mundo de suciedad y supersticiones, y las plagas asolan la población de manera regular. Dentro de pocos años, el descuido de un panadero desatará un pavoroso incendio que arrasará la ciudad.


Esta catástrofe sirvió sin embargo para acabar con el Londres medieval y edificar la enorme ciudad que hoy conocemos, de la mano del genial arquitecto Christopher Wren.

Pero el gran cambio para Inglaterra y para todo el mundo estaba todavía por llegar. Isaac Newton había nacido en 1642, y su curiosidad le llevó a explorar campos como la alquimia y la astrología. Afortunadamente, en sus ratos libres se permitió el lujo de sentar las bases de la ciencia moderna. Dolnick narra de manera amena el difícil carácter del genio y su camino hacia el podio (seguramente, es el científico más importante de todos los tiempos), explicando claramente sus aportaciones a la física clásica, la óptica y las matemáticas.

Además, el libro no se limita a hablar de Newton. Aborda, de manera más breve, las aportaciones de otros grandes científicos; especialmente Gottfried Leibniz, que desarrolló de manera independiente el cálculo diferencial. Por desgracia, este hecho le llevó a un duro enfrentamiento con el genio inglés, que no tenía un carácter especialmente agradable…


Otros curiosos e interesantes personajes pueblan el libro, especialmente un grupo de científicos que fundaron en 1660 la Royal Society of London, entre ellos, el propio Wren, Roberty Boyle y John Wilkins.


En definitiva, se trata de un libro de amena lectura y muy interesante para conocer el nacimiento de la ciencia moderna.


domingo, 17 de diciembre de 2017

LA LIBRERÍA


El libro es fuerza, es valor,
es poder, es alimento;
antorcha del pensamiento
y manantial del amor
”, Rubén Darío

En 1959, con los ecos de la guerra aún resonando en la memoria y la gente luchando para superar sus secuelas, una viuda, que intenta recuperarse de la devastación emocional por la muerte del marido, decide abrir una librería, The Old House Bookshop, la primera, en una pequeña localidad de la costa británica. El pasado.

Su amor por los libros (hilo emocional que la mantiene unida al recuerdo del esposo fallecido con quien compartía la pasión lectora) y su decisión chocan frontalmente con la soterrada oposición de los habitantes del lugar, liderados por la doña del pueblo que planea para el hermoso edificio elegido unos menesteres en los que esa librera, tan delicada de apariencia como resuelta, y su coraje no tienen cabida.

Entre trabas legales y bancarias, que buscan minar su resolución, relaciones con vecinos que callan más que hablan y solitarios paseos por unos paisajes de ensueño, Isabel Coixet (que, lo confieso, no se encuentra entre mis directoras favoritas) nos hace participes, con exquisita sensibilidad y contagiosa ternura, del proceso catártico de Florence Green (maravillosa Emily Mortimer) para superar el dolor de la pérdida y seguir adelante con su vida.

Una mirada crítica, no exenta de elegancia, sobre una comunidad pequeña que movida por la envidia e incomprensión se opone a cualquier cambio que pueda alterar el orden establecido. Gente moralmente fea.

Un hermoso relato sobre el encuentro, a destiempo, entre dos personas, Florence y el huraño Sr. Brundish (Bill Nighy), que se reconocen y, por encontrarse en diferentes momentos vitales, se añoran. El presente.

Christine, la pequeña ayudante de Florence, niña soñadora, fuerte e independiente, con una capacidad para analizar los hechos cotidianos y calar a las personas de una manera sorprendentemente madura para su edad. El futuro.

Y la revolución pacífica y silenciosa de los libros, auténticos protagonistas de la historia. Libros aborrecidos (el personaje interpretado por Bill Nighy destroza La inquilina de Wildfell Hall y otras obras de “esas odiosas hermanas Brontë”), libros para descubrir nuevos autores (Fahrenheit 451 de Ray Bradbury) y esperar anhelante su siguiente novela (El vino del estío), libros para escandalizar (Lolita de Nabokov) y seguir alimentando polémicas venideras.

Libros que acompañan. Libros que remueven. Libros que enamoran. Libros que calman la angustia. Libros que sanan el alma. Libros que permanecen. 

Para quienes adquirimos en la niñez el gusto por la lectura, es esta una película evocadora que nos retrotrae a todos aquellos momentos en los que la magia escondida en cada uno de los libros que devoramos en la intimidad nos liberó del miedo. Entre sus tapas olvidamos complejos e inseguridades que, a medida que cumplimos años, fueron disolviéndose, quedando sus restos adheridos a las páginas de los cuentos y novelas que nos enseñaron a pensar, aceptarnos y cuestionar.

Los adictos a la tecnología se aburrirán.

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe...”, Ray Bradbury


Crítica publicada en DCLM  y CLM24.

EL AUTOR

Álvaro, que trabaja en una notaría, está casado con Amanda, una exitosa escritora de best‐sellers. Cuando el matrimonio fracasa y pierde su empleo, decide empezar una nueva vida intentando cumplir su gran sueño: escribir una novela, pero no una cualquiera sino una de las que permanecen. El problema es que Álvaro, que lleva años tirando el dinero en simposios y talleres literarios, no tiene nada interesante que contar, no tiene facultades ni tiene imaginación.

A partir de esa premisa, Manuel Martín Cuenca, el director, nos narra como un hombre anodino, incapaz de ver la realidad o de enfrentarse a ella, descubre que la mejor manera de pergeñar un argumento, mínimamente original, es crearlo uno mismo con personas reales.

Una comunidad de vecinos, menos desquiciada y bizarra que la de Alex de la Iglesia, compuesta por la portera chismosa, que cae en los brazos de Álvaro transida de amor, y su desvencijado marido, una pareja de inmigrantes con problemas para llegar a fin de mes y un anciano huraño y xenófobo aficionado al ajedrez, son los ingredientes con los que cuenta nuestro protagonista para cocinar la novela de su vida, tutelado por el profesor que le imparte las clases de escritura creativa (un Antonio de la Torre que es de lo mejor de la cinta), su particular garrapata, quien aprovechándose de la cerril ceguera que aqueja a este aspirante a autor y le impide ver sus nulas capacidades literarias, no solo lleva años chupándole la sangre sino que se las apaña para encontrar nuevas fórmulas para seguir haciéndolo en el futuro.

Tan brillante como laberíntica, tan ofuscada como libre, profunda a fuerza de superficial”, dice Luis Martínez de El Mundo. “Inteligente, atrevida y rara”, la define otro. “Busca un público más exigente”, apostilla un tercero. Si ante tamaña unanimidad de los más afamados críticos cinematográficos del panorama nacional a la hora de alabar las excelencias de esta obra, llegamos a este punto y El autor no te ha encandilado, como me sucedió a mí, entramos en terreno pantanoso.

La etiqueta de inteligente aplicada a una película siempre me ha mosqueado porque implica que si no te encanta es porque no la has entendido y, en consecuencia, eres más tonto que Abundio, ese prócer de nuestra cultura popular que cuando iba a vendimiar se llevaba uvas de postre.

Pero por mucho que una no se considere una lumbrera, no creo que éste sea el caso. Capto perfectamente la intención satírica de la propuesta: el director busca ridiculizar el proceso creativo y burlarse de quienes, al democratizar la escritura por intereses espurios, han convencido a personas de todo tipo y condición de que pueden dedicarse al noble oficio de la escritura solo con tesón y sin pizca de talento. Todo ello narrado de una manera supuestamente aguda que yo, supuestamente obtusa, no supe apreciar.

El piso al que nuestro autor se traslada para acometer su gran reto, grande, luminoso y sin apenas muebles, empieza como metáfora de la hoja en blanco que espera una explosión de creatividad de ese autor en ciernes y termina convertida en metáfora de su vacío intelectual y falta de escrúpulos.

Pero que alguien sin genio ni habilidades, incapaz de reconocer sus carencias y aceptarlas, de pronto (¡Allez hop!) se convierta en un maquiavélico titiritero que, para escribir una historia real que supere a la ficción, hace danzar a su antojo a marionetas de carne y hueso, lo siento pero no me lo trago.

Ser un gran manipulador conlleva una gran inteligencia y este autor carece de ella por lo que, desde el principio, se intuye que acabaran dándosela con queso, algo que, por previsible, le resta interés al asunto y ahonda el tedio.

En cuanto al sentido del humor, ni siquiera la literalidad con que Álvaro pone en práctica el consejo de su mentor (“para escribir bien hay que poner los cojones sobre la mesa”) logra arrancarme una sonrisa.

Así que no soy yo, es Manuel Martín Cuenca.

Caníbal, la otra película de este director que he visto, una “rara avis” en el universo de los filmes sobre asesinos en serie, de monótona aburre. Es más, por mucho que el respetable sastre granadino guste maridar un buen vino con apetitosos trozos de mujeres desconocidas, es tan estoica la interpretación de Antonio de la Torre que en ningún momento llega a aterrorizarte, más bien te da modorra (ojo, que puede que la culpa no la tenga el director sino el empacho de grasa femenina, no digo yo que no).

En El autor escucho hablar de envidia, frustraciones varias y perfidia, pero ninguna de ellas me llega como espectadora.

Como decía Orson Welles, “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”.

En el Festival Internacional del Cine y la Palabra, CIBRA, Javier Gutiérrez recibió el premio a la mejor interpretación masculina por El autor, su último trabajo, adaptación de uno de los cinco relatos incluidos en El móvil, primer libro de narrativa de Javier Cercas publicado en 1987.

Yo sigo prefiriendo al Javier Gutiérrez de La isla mínima.


Crítica publicada en DCLM  y CLM24.








PERFECTOS DESCONOCIDOS

Antes de empezar con esta reseña, para que quede claro desde el principio, quiero decir tres palabras: BRAVO, BRAVO, BRAVO.

En un lujoso ático madrileño, cuatro parejas, amigos desde siempre, se reúnen para cenar y contemplar el eclipse que les regalará una Luna de Sangre que, según antiguas profecías y supersticiones, siempre anuncia un evento apocalíptico.

Para esquivar al aburrimiento uno de ellos propone un juego: dejar los móviles sobre la mesa y, cuando suenen, escuchar y compartir, en voz alta, todas las llamadas, mensajes y wasaps que lleguen.

Ese entretenimiento, en apariencia inocente, demostrará que no se conocen como pensaban y que todos y cada uno de ellos guarda secretos inconfesables. Cuentan que la luna y los eclipses desatan la locura en animales y personas (la mitología del hombre lobo surge de la creencia de que las personas se convierten en bestias bajo la luna llena). ¡Malos presagios para organizar una reunión!

En un ejercicio de contención supremo, Alex de la Iglesia somete su natural tendencia a disparatar para presentarnos una tragicomedia en el sentido clásico del término, cuyo tema central son las relaciones de pareja. En un escenario cerrado, un grupo de personajes, revestidos de ironía para la ocasión, ridiculizan los matrimonios y rupturas propias y de los demás, criticando los principales inconvenientes de estar casado o separado con un sarcasmo hiriente, disfrazado de buenismo, que siempre sabe cómo poner el dedo en la llaga.

Mientras que a Perfetti sconosciuti (la película del director Paolo Genovese en la que está basada que obtuvo un gran éxito en Italia) la crítica española le dio duro, su traslación alrededor de la cultura patria le ha proporcionado esa mala leche, tan nuestra, que nos hace reír a mandíbula batiente con los problemas de los demás, especialmente si están relacionados con el sexo y cualquier malentendido asociado a él (infidelidad, preferenciales sexuales, disfunciones eréctiles, etc.).

Los siete actores principales están tan impresionantes que, como se suele decir ahora, se salen. Ninguno destaca por encima de los otros porque todos juntos componen un puzle tan magnifico que casi, casi, te dan ganas de abrazarlos para agradecerles el buen rato que te han hecho pasar. Pero si tuviera que elegir a uno de ellos me quedaría con Ernesto Alterio que, como abogado pervertido pero mucho más tolerante en el fondo que quienes presumen de abiertos, encarna de manera magistral el espíritu dual de la tragicomedia.

No dejaba de acordarme de un Dios salvaje, de Roman Polanski, en la que, a raíz de una discusión entre críos, dos parejas se reúnen en el espacioso salón de un apartamento neoyorquino para dialogar, razonar y discutir sobre el tema. Existe similitud entre ambas propuestas, pero mientras que en la película de Polanski, totalmente estática, te ves envuelto en una verborrea permanente, imparable, irritante, que te hace removerte incomoda en tu butaca, el ritmo que imprime Alex de la Iglesia a la suya te atrapa desde el principio y te lleva en volandas, muerto de risa ante tanta situación esperpéntica, sin que apenas seas consciente del transcurso del tiempo.

Como toda tragicomedia que se precie, dispone de un final feliz aunque, como mandan los cánones, dicha felicidad solo llega, tras mucho padecer, minutos antes de bajar el telón.

Pero… ¿consiste en eso la felicidad?

Perfectos desconocidos es un raro espécimen, por lo poco habitual, de película redonda: buen guion, buenas interpretaciones, buena dirección y preciosa fotografía, todo eso sin olvidar la originalidad de los títulos de crédito que lleva camino de convertirse en marca de la casa.

Cine español del bueno.


Crítica publicada en DCLM y en CLM24

viernes, 15 de diciembre de 2017

jueves, 2 de noviembre de 2017

Thor: Ragnarok

Correcta, fatigosa o ridícula son algunos de los epítetos con los que la crítica especializada recibió a Thor, primera de la saga, dirigida por Kenneth Branagh. Con Thor: el mundo oscuro, de Alan Taylor (plana, poco original), la cosa no mejoró. Para la tercera, Thor: Ragnarok, Marvel Studios ha encomendado a Taika Waititi (director, escritor, pintor, comediante y actor neozelandés) un cambio de imagen del dios nórdico, corte de pelo incluido, que está cosechando excelentes resultados en taquilla.

Así comienza…

Se abre el telón y aparece en pantalla Thor, hijo de Odín, encerrado en una especie de jaula red, en un remoto lugar y sin su martillo. Como el demonio de fuego Surtur, su captor, parece más que dispuesto a convertirlo en fårikål (cordero cocido con repollo y granos enteros de pimienta), en vez de la cuerda normal y terrícola que recomiendan en MasterChef Celebrity para bridar la carne, al tratarse de un cacho dios asgardiano de más de dos metros y venas como tuberías, utiliza gruesas cadenas para que “el borrego” permanezca tranquilito mientras, como exige esa rica especialidad culinaria noruega, es cocinado a fuego lento. 

Cuando Surtur, cuyo poder es de proporciones apocalípticas, le anuncia la llegada del Ragnarok (la destrucción de su planeta), inicia una carrera contra reloj para regresar a Asgard y proteger a su pueblo.

De camino a casa es apresado por una chatarrera muy hard, valkiria por más señas, que lo entrega al Gran Maestro del Circo de Saakar (un amanerado Jeff Goldblum), donde acabará luchando contra el increíble Hulk, aliado y compañero en los Vengadores (su pelea sobre la arena del coliseo alienígena, jaleados por una autentica marea verde, es espectacular).

¿Qué es Thor: Ragnarok? Una auténtica KDD (kedada) en mayúsculas. Una colisión de superpoderes (además de Odín, Loki y Hulk, al Dios del Trueno también lo acompaña el Doctor Strange); un encuentro de actores famosos casi irreconocibles en sus cameos (Sam Neill, Matt Damon o Liam Hemsworth); una legión de fans buscando estrechar lazos con su superhéroe favorito.

Lo más destacable de esta tercera entrega es, sin duda, la entrada por la puerta grande de la primera supervillana del universo Marvel. Cate Blanchett, una de las mejores actrices del panorama actual, da vida a la primogénita de Odín, la inquietante y oscura Hela, diosa de la muerte, que con su imponente presencia, seductora manera de caminar y glamour black, mientras lucha para hacerse con el trono de Asgard parece gritarle a los cuatro vientos aquello de “voy a ser poderosa porque rica ya estoy” ¿Lo consigue? Ya lo verán, únicamente puedo decir que Thor no solo acaba trasquilado cual oveja asgardiana, sino que en esta ocasión atreverse a blandir el Mjölnir, su poderosa “herramienta” de guerra, contra su hermana tendrá imprevistas y demoledoras consecuencias.

Aventura, lucha y diversión ¿en su dosis justa?

Que Chris Hemsworth esté tan impresionante en mallas, no impide darte cuenta de que Thor es un superhéroe poco arrebatador y tirando a soso. De ahí que Waititi se haya propuesto, dado que el físico lo lleva de serie, insuflar chispa al dios nórdico a base de humor.

Y sí, la película es divertida a ratos pero, que quieren que les diga, ciento treinta son demasiados minutos para evitar que tanto cachondeo acabe convirtiendo la película, como de hecho ocurre, en una parodia al más puro estilo Scary Movie, aunque sin palabras soeces ni escenas escatológicas.

Pese a todo, entretiene.


Crítica publicada en los digitales dclm y clm24.



jueves, 12 de octubre de 2017

FERIA DE ARTESANIA DE CASTILLA-LA MANCHA 2017

Hasta el domingo, 15 de octubre, pueden visitar en Toledo:

Aquí les dejo mi selección...

Arte floral PECCI (http://www.pecci.es/ )









Quela Joyas (https://www.quelajoyas.com/)









Complementos infantiles Alokoala (https://www.alokoala.com/)











¡Les gustará!